A 55 años de la tragedia que remeció a Salamanca

El domingo 28 de marzo de 1965, 479 -de un total de 532- viviendas de Salamanca resultaron destruidas o severamente dañadas producto de uno de los terremotos más fuertes registrados en Chile.

El domingo 28 de marzo de 1965, a las 12:33, cuando muchos se preparaban para almorzar en familia o participaban en la misa dominical, un fuerte sismo remeció a Salamanca.

El terremoto registró su epicentro en Cabildo, un pueblo cercano a La Ligua, en la provincia de Petorca. De acuerdo al reporte técnico, se registró en 7,4 su intensidad en la escala de Magnitud del Momento (MW).

El movimiento telúrico dejó 248 víctimas fatales y 350 heridos. 222 personas murieron tras un aluvión en las cercanías de La Calera (en la región de Valparaíso), 5 por rodados de roca, 19 por derrumbes de muros, cornisas y chimeneas, y 2 por pánico. Se reportaron además, y cómo es natural en una tragedia de estas características, cientos de damnificados.

90% de las viviendas con daños en Salamanca

De acuerdo al libro Catástrofes en Chile 1541-1992, de Rosa Urrutia y Carlos Lanza (1993), las viviendas con problemas estructurales, eran:

Illapel 65%
Salamanca 90% de 532 casas
Los Vilos 20%
Caimanes 100%
Guangualí 100%
Petorca 80%
La Ligua 80% (2 víctimas)
Cabildo 80%.

En 1965, la mayoría de las viviendas de la ciudad de Salamanca eran de adobe, una masa de barro mezclado con paja, muy usada en esa época en obras. Construir en adobe era caro, puesto que demandaba un alto costo de mano de obra. Pero tampoco era común construir en ladrillo. La lejanía de las fabricas de ladrillo hacía imposible el uso de este material, informa un documento académico de la época.

De acuerdo a los registros históricos, el 90% de las viviendas en Salamanca resultaron destruidas o seriamente dañadas. Se preserva hasta nuestros días, una calle que mantiene con llamativo cuidado sus construcciones en calle Huérfanos. Un verdadero milagro para algunos. El suministro de electricidad y agua potable estuvo suspendido por varios días en Salamanca.

En su edición del 29 de marzo de 1965, diario El Día indicaba que Salamanca, “en el Departamento de Illapel, fue uno de los lugares más afectados por el movimiento sísmico del domingo último. Es una ciudad de fachadas quebrajeadas con sus estucos en el suelo. Cerca del 90% de las casas de esta localidad están totalmente destruidas en sus interiores o seriamente dañadas. Desde la calle pareciera que todo estuviera bien, pero se penetra en cualquier vivienda y en el interior se ven los graves deterioros causados por el terremoto”. 

La peor cara de la tragedia

La mayor tragedia ese día, se registró a 10 kilómetros La Calera. Un tranque de relaves cedió y provocó un aluvión que hizo desaparecer “El Cobre”, un pueblo del sector con más de 200 habitantes. Se registraron 10 sobrevivientes.

“En el caso de El Cobre, un tranque de relaves proveniente de una planta de concentración de minerales falló, arrasando con una población situada aguas abajo al pie del tranque”. Se reportaron 222 desaparecidos. (Monge E., Rosenberg V., Vives E. y Yoma Y., 1965).

Lo que Chile cambió a partir de ese día

Días después de la tragedia, y debido a sus graves consecuencias, se estableció por primera vez en Chile, una oficina que centralizará la función pública ante las emergencias.

“El terremoto de 1965 en la zona central de Chile, de IX grados de intensidad en la Escala de Mercalli, marcó el inicio de lo que sería la Oficina Nacional de Emergencia. Un núcleo de trabajo se constituyó en el Ministerio del Interior para coordinar las acciones destinadas a restablecer la normalidad alterada por el fuerte sismo. El Presidente de la República apoyó el proyecto de ley de reconstrucción, el cual consideraba el financiamiento con cargo al Estado y a la iniciativa privada, plan que debía llevarse a cabo en no más de tres años”, señala la propia ONEMI en su historia institucional.

Producto de la tragedia, se crearon normas legales para regular la “muerte presunta”, se definió el concepto de “damnificado” y se estableció la facultad del Presidente de la República de decretar “zona de catástrofe”.

Un relato de la época describe cómo cientos de familias vivieron ese terremoto.

“Era ya casi la hora del almuerzo cuando sentimos un estruendo y un remezón horroroso e interminable. Nos abrazamos entre algunos niños llorando de pavor y viendo como en la calle y la vereda se abrían inmensas grietas que pensábamos que nos iba tragar la tierra. También veíamos como las casas de adobe se desplomaban y caían al piso. La tierra temblaba y bramaba de una forma feroz, fueron segundos interminables. Nuestros padres corrían despavoridos gritando, los niños, los niños y el sismo no paraba. Estábamos todos aterrorizados, luego que pasó el temblor se fue la neblina y pudimos ver los graves daños provocados por el terremoto”.

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